A medida que la crisis ecológica desestabiliza los ecosistemas fundamentales que sostienen la vida humana, vastas franjas del planeta se acercan a un punto de no retorno en términos de habitabilidad. El aumento del nivel del mar, la desertificación galopante, las olas de calor letales y la pérdida de tierras agrícolas están a punto de desencadenar el mayor desplazamiento forzado de poblaciones en la historia de la humanidad. Ante esta realidad ineludible, la respuesta política dominante del Norte Global no ha sido la asunción de responsabilidades ni la solidaridad internacional, sino la brutal militarización de sus fronteras.
El eco-fascismo latente y la maquinaria de la exclusión
Los Estados-nación más ricos, que son históricamente los principales responsables de las emisiones acumuladas de gases de efecto invernadero, están adoptando una doctrina política basada en el blindaje y la exclusión militarizada. Asistimos a un giro político alarmante hacia lo que podríamos denominar un eco-fascismo de facto o “política del bote salvavidas”: la creencia de que, en un planeta en colapso, la supervivencia de los privilegiados requiere el rechazo violento, e incluso la eliminación tácita, de los excedentes poblacionales del Sur Global.
Este enfoque se materializa en muros de hormigón, vallas electrificadas, drones de vigilancia térmica, fuerzas paramilitares fronterizas (como Frontex en Europa) y políticas de externalización de fronteras, mediante las cuales se paga a terceros países gobernados por regímenes autoritarios para que actúen como carceleros de Europa y Norteamérica. El clima se calienta, y con él, se evapora el frágil barniz de los derechos humanos y el derecho internacional al asilo. Las personas que huyen de tierras arrasadas por el fuego o ahogadas por el mar no son reconocidas como víctimas de una violencia atmosférica de la que somos cómplices, sino como “amenazas a la seguridad nacional” que justifican el uso del terror fronterizo.
El complejo industrial-fronterizo como beneficiario de la crisis
Esta arquitectura de la crueldad no surge en un vacío económico; es un negocio extraordinariamente lucrativo. Del mismo modo que el complejo militar-industrial prospera en tiempos de guerra, ha surgido un inmenso complejo industrial-fronterizo y de seguridad que se beneficia directamente del caos climático. Empresas multinacionales de tecnología de defensa, biometría y seguridad privada obtienen contratos multimillonarios para proveer la infraestructura del cierre de fronteras.
Irónicamente, y de manera perversa, muchas de las corporaciones financieras e industriales que durante décadas financiaron la extracción de combustibles fósiles (causando el desplazamiento climático) ahora invierten fuertemente en las industrias de seguridad que militarizan las fronteras para contener a esos mismos desplazados. El capital global demuestra así su asombrosa capacidad de adaptación: obtiene beneficios inmensos creando la crisis ecológica y, posteriormente, obtiene beneficios aún mayores gestionando militarmente las consecuencias sociales de dicha crisis.
Redefinir la ciudadanía en un planeta en movimiento
La gestión policial del colapso climático es una política moralmente obscena y prácticamente insostenible. No hay muro lo suficientemente alto para detener los efectos sistémicos de la ruptura biofísica del planeta. Las políticas de extrema derecha y los centros liberales que asumen la agenda securitaria están alimentando una espiral de violencia que terminará por devorar las propias democracias que afirman proteger.
La respuesta política genuina al desplazamiento climático exige abolir la ficción supremacista de que los habitantes del Norte tienen un derecho exclusivo a la seguridad mientras el Sur se ahoga. Requerimos una transformación radical del derecho internacional que reconozca el asilo climático no como caridad, sino como reparaciones históricas. Más aún, necesitamos construir una ciudadanía planetaria, fundamentada en la libertad de movimiento y en el diseño de infraestructuras sociales de acogida a gran escala. Ante un mundo que se vuelve inhóspito, nuestra única esperanza de supervivencia es aprender a migrar y a acogernos mutuamente, desmantelando los muros que el capital exige para proteger sus privilegios moribundos.


